Asume la realidad

El Síndrome del impostor es en el fondo miedo.

 

Y en la gran gran gran mayoría de casos es un miedo irracional.

 

Por si no sabes qué es un miedo irracional. Te lo cuento de forma rápida. Es un miedo que no tiene razón de ser. Que no tiene lógica. Que no tiene sentido. Y que se escapa a la razón.

 

Te pongo un ejemplo: cuando temes hablar en público. Eso es un miedo irracional.

 

Por que… ¿cuál es el peligro de hablar delante de grupo de gente? ¿te van a comer? ¿te van a tirar piedras?

Tu vida no corre peligro, pero sin embargo sólo con pensarlo tu cuerpo y tu mente reaccionan como si tuvieras delante un león hambriento.

Eso es un miedo irracional.

 

Seguimos.

 

El síndrome del impostor es un miedo porque te bloquea y paraliza.  

 

Impide que hagas lo que deseas hacer. Y en caso de que te lances a hacerlo, no lo haces con confianza y aplomo. Sino con una desagradable sensación de duda e inseguridad.

 

Y en la gran mayoría de casos es un miedo irracional porque en realidad no estás corriendo ningún riesgo.

 

Todo está en tu cabeza.

 

Es una ilusión. Una distorsión de la realidad.

 

¿Está claro hasta aquí?

 

Bien, porque vamos a ver qué provoca ese miedo y cómo hacer que se disuelva igual de fácil que un azucarillo en un café caliente.

 

Hay muchos factores que pueden activar el síndrome del impostor, pero todos, absolutamente todos, tienen el mismo origen. La misma raíz.

 

Te voy a contar cuál es esa raíz, cómo llegar a ella y extirparla de cuajo con una sola acción.

 

Todos los desencadenantes que dan lugar al síndrome del impostor nacen del mismo miedo. Un miedo que tiene su raíz en la comparación.

 

Te sientes un impostor porque te comparas con lo que hacen otras personas, con su forma de hacerlo, con sus resultados…

 

Cualquier persona del mundo que cojas al azar hará algo mejor que tú. Seguro. Puede ser dibujar, bailar, hacer un cocido o rascarse el ombligo con una habilidad y destreza que tú nunca tendrás.

 

Asúmelo.

 

Cualquier persona en el mundo hace, al menos, una cosa mucho mejor que tú, incluso un niño de un año. Él es capaz de llevarse los dos pies a la boca mientras que tú eres incapaz de llevar un pie a la cintura.

 

Asúmelo.

 

De igual modo, hay algo que tú sabes hacer mejor que cualquier otra persona en el mundo.

 

No sé qué es.

 

Seguramente tú tampoco.

 

Da igual.

 

No es importante ahora.

 

Lo importante es que lo asumas.

 

Y una vez hayas entendido y asumido ambas cosas. Déjalas ir.  

 

Las olvidas. Y te dedicas a vivir y a escribir.

 

Haz lo que tengas que hacer sin compararte con nadie.

 

Hazlo lo mejor que sepas, puedas y seas capaz en este momento (pero sin obsesionarte, sin buscar la perfección porque la perfección no existe. Asume eso también).

 

Si haces eso nunca serás un impostor. Nunca.

 

No te estarás haciendo pasar por alguien que no eres, ni haciendo algo de una manera que no sea tuya.

 

Será tu forma de hacerlo. Puede ser mejor que otras formas en algún aspecto y peor en otros.

 

¿Pero quién decide qué es mejor y qué es peor?

¿Y en qué se basa?

 

¿Sigo?

Sigo.

 

 

Centrémonos en la escritura…

 

Hay más maneras de escribir que personas.

 

Porque dependiendo de lo que escribas, para quién e incluso del momento en el que estés, tú escribes diferente, ¿verdad?

 

Así que habrá personas a las que le guste más tu manera de escribir y a otras le gustará las de otro.

 

Hay personas que flipan con la pizza con piña mientras que a otras se le da vuelta el estómago. Y a otras ni siquiera les gusta la pizza. (A mí, lo último me parece imposible, pero existen).

 

Hay personas que les encantan las biografías y para otras son soporíferas.

 

Hay personas que flipan con los libros de fantasía y a otras no les atrae ni leer la primera página.

 

De igual modo, que a ti te pueden encantar los libros sobre historias de superación, pero no todas las historias te enganchan igual.

 

Ni siquiera las de un mismo autor.

 

Por eso, hay escritores que publican un libro y se convierte en un bestseller y luego publican un segundo y apenas gusta. Y es el mismo escritor.

 

Hay muchísimos. Te comparto dos casos.

 

Uno es el de César Millán, quien con su primer libro El encantador de perros se convirtió en súper ventas en varios países hispanos. Mientras que las obras que publicó después se vendieron muy poco.

 

Otro ejemplo es el de José Luis Sampedro, aunque este escritor es más conocido por sus novelas, el primer libro que publicó fue un ensayo, El río que nos lleva, que tuvo una gran acogida en su momento por su visión humanista y su análisis social.

 

Sampedro publicó otros ensayos como Los mongoles en Bagdad o Economía humanista, pero estas obras no consiguieron el mismo impacto ni en ventas ni en crítica que su primer libro.

 

Por eso para vencer el síndrome del impostor de raíz tienes que dejar de compararte con otros e incluso dejar de compararte contigo. Con lo que has hecho y conseguido antes.

 

La comparación no tiene ningún sentido. Tú no eres como otra persona, ni escribes igual que otra persona. Ni siquiera ahora escribes igual que hace un año.

 

Porque has evolucionado. Ahora estás en otro punto distinto.

Asume que es así de simple. Y así de natural.

 

La comparación no aporta nada útil. Nada que te sirva. Nada. Nothing. Rien.

 

Clave súper importante y esencial:

Cambia la comparación por la inspiración.

 

La comparación se basa en encontrar diferencias y similitudes, mientras que la inspiración busca encontrar motivos para crear nuevas ideas y emprender acción.

 

 

El antídoto para acabar para siempre jamás con el síndrome del impostor es dejar de compararte y asumir que tu experiencia, tu forma de ver el mundo y estar en él, tiene matices únicos, los que sólo tú le puedes dar.

 

Toni Morrison, ganadora del Premio Nobel de Literatura, ha confesado que al principio experimentó dudas sobre su capacidad como escritora, especialmente al ser una de las pocas escritoras negras en recibir ese reconocimiento.

 

La autora de Beloved segura que superó estas inseguridades confiando en el poder de su voz única y en la relevancia de las historias que contaba sobre la experiencia afroamericana. En lugar de compararse, se concentró en su visión personal.

 

Ahí lo tienes.

 

Si te estás preguntando cómo dejar de compararte, te lo digo de forma rápida y corta: sólo tienes que tomar la decisión y hacerlo.

 

Decides dejar de compararte con nadie, ni contigo. Y actúas en consecuencia.

 

Así de simple y así de rápido.

 

Funciona.

Lo sé porque es el método que yo he aplicado.

 

Tengo asumido que mi manera de escribir es mía, que está viva y evoluciona y que hay personas a las que les encanta, a otras les gusta regular, a otras ni fu ni fa y a otras que les parece la más mala del mundo.

 

Y es normal y natural que así sea.

 

El mundo sigue girando, el sol saliendo, los perros ladrando y yo escribiendo.

 

Todo en orden. 

 

Tanto si decides escribir libros como si no. Asume esto: no eres ningún impostor. No eres un fraude. Eres una persona. Con una vida propia. Con tus sueños, ilusiones. Experiencias. Éxitos. Fracasos. Eres tú.

 

¿Te gustaría de verdad escribir libros de no ficción?

 

¿Y te gustaría que esos libros atraigan lectores como la miel a las moscas?

 

Entonces tengo algo para ti.

 

 

Quiero ver de qué se trata.